lunes, 26 de mayo de 2014

EL HOMBRE MEDIOCRE



El envidioso cree marchar al calvario cuando observa que otros escalan la cumbre. Muere en el tormento de envidiar al que le ignora o desprecia, gusano que se arrastra sobre el zócalo de la estatua.



 
 

Desgraciadamente, los calumniadores suelen olvidar su inferior jerarquía y pretenden tocar la zampoña, con la irrisoria pretensión de sus desafinamientos. Tórnanse entonces peligrosos y nocivos. Detestan a los que no pueden igualar, como si con sólo existir los ofendieran. Sin alas para elevarse hasta ellos, deciden rebajarlos: la exigüidad del propio valimiento les induce a roer el mérito ajeno. Clavan sus dientes en toda reputación que les humilla, sin sospechar que nunca es más vil la conducta humana. Basta ese rasgo para distinguir al doméstico del digno, al ignorante del sabio, al hipócrita del virtuoso, al villano del gentilhombre. Los lacayos pueden hozar en la fama; los hombres excelentes no saben envenenar la vida ajena.
 
Ninguna escena alegórica posee más honda elocuencia que el cuadro famoso de Sandro Botticelli. La calumnia invita a meditar con doloroso recogimiento; en toda la Galería de los Oficios parecen resonar las palabras que el artista -no lo dudamos- quiso poner en labios de la Verdad, para consuelo de la víctima: en su encono está la medida de su mérito...
 
La Inocencia yace, en el centro del cuadro, acoquinada bajo el infame gesto de la Calumnia. La Envidia la precede; el Engaño y la Hipocresía la acompañan. Todas las pasiones viles y traidoras suman su esfuerzo implacable para el triunfo del mal. El Arrepentimiento mira de través hacia el opuesto extremo, donde está, como siempre sola y desnuda, la Verdad; contrastando con el salvaje ademán de sus enemigas, ella levanta su índice al cielo en una tranquila apelación a la justicia divina. Y mientras la víctima junta sus manos y las tiende hacia ella, en una súplica infinita y conmovedora, el juez Midas presta sus vastas orejas a la Ignorancia y la Sospecha.
 
Los mediocres, más inclinados a la hipocresía que al odio, prefieren la maledicencia sorda a la calumnia violenta. Sabiendo que ésta es criminal y arriesgada, optan por la primera, cuya infamia es subrepticia y sutil. La una es audaz; la otra cobarde. El calumniador desafía el castigo, se expone; el maldiciente lo esquiva. El uno se aparta de la mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es cobarde y se encubre con la complicidad de sus iguales, manteniéndose en la penumbra.
 
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sembrando a puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívocos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son calificativos pavorosos.
 
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores, diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar de espaldas, un fruncir la frente como subscribiendo a la posibilidad del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insinúa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontaneidad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge a la detracción. Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con prudencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como una irrupción en sus labios irritados, hasta que por toda la boca, hecha una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un estilete.
 
 
 
 
 
José Ingenieros
 
 
 
 
 
 

 

sábado, 24 de mayo de 2014

EN LA CORTE DEL GRAN CERDO CASTRADO







En la corte del gran cerdo castrado todo son quejas
En la corte del gran cerdo castrado todo es una excusa
En la corte del gran cerdo castrado todo es vileza en cornamusa
En la corte del gran cerdo castrado todo son despreciables gracejas


Su reino es de pelusa, costra y mierda amerengada
Las prisiones andan rebosantes de aventureros y emprendedores
Fuera, reinan  alcahuetas y mequetrefes, esparciendo mil rumores
El honor y la elegancia son una maravilla ni siquiera imaginada


Cuidado, viajero, no pises su sombra, no solapes su regio gruñido, no sueñes
Cuidado con mirar a otra parte cuando el rey  rezonga, mucho cuidado
Cuidado con medirte en su presencia, no sea que quede por tierra


Se prudente, celoso de tus virtudes; olvida lo contrario, no te empeñes
Si hay suerte, mordaza;  jamás comentes ese logro largamente deseado
Recordad que allí, en la corte del gran cerdo castrado, la dicha es una declaración de guerra





Rafael Lindem




 

El HOMBRE DE MIMBRE 3 Y 5: STUKAS VS CARMÍN



 
 
 
Llegar al número 5 de esta publicación, reeditar y mejorar el material anterior, y tener un plan de edición para cinco entregas más, es motivo suficiente para estar feliz. El Hombre de Mimbre ha vivido sus pequeñas glorias, sus pequeños infiernos, y aquí sigue. Hay enemigos, por supuesto, personas que sueñan con su final, con el mío incluso, pero todo esto sólo son contratiempos, de ningún modo el final del camino. La revista seguirá existiendo, mis proyectos seguirán adelante, y seguiré respirando por mucho tiempo, con la  venia o sin ella. Como dijo William Arthur Ward, "Podemos lanzar piedras, quejarnos de ellas, tropezarnos con ellas, trepar sobre ellas, o construir con ellas". Yo hace mucho que me cansé de lanzarlas, y aunque reservo aún un par para hacer diana llegado el momento, tengo en general mejores planes para ellas. ¿Y vosotros/as?
 
 
 
 
 
Rafael Lindem



martes, 20 de mayo de 2014

VUESTRO GRAN MISTERIO


Rafael Lindem, por Calavera Diablo





A menudo os preguntáis quién soy
A menudo os preguntáis de dónde vengo
A menudo os preguntáis qué pienso
A menudo os preguntáis hacia dónde voy
A menudo os preguntáis qué planes tengo
A menudo preguntáis sin hallar respuesta


Sólo soy el señor Lindem, ¿me oís? El señor Lindem
Nací en la tormenta, y un rayo me puso aquí
Mis pensamientos ladran y maúllan, a veces gritan
Voy de cabeza en cabeza, paladeando vuestro sentir
Mi plan es dejar en el mundo una huella invisible pero profunda
Confundiros mil veces más de lo que ya estabais al nacer


A menudo os preguntáis por mis sentimientos
A menudo os preguntáis por mi humanidad
A menudo os preguntáis si soy de confianza
A menudo os preguntáis si mi magia es verdadera
A menudo os preguntáis si Sabatini es peligroso
A menudo os preguntáis si he comido carne humana


No son ni malos ni buenos, simplemente honestos
Soy tan humano como pueda serlo un gatoperro de Parnopio
Podéis confiar, sí, como ya dije soy honesto y odio ese tipo de sorpresas
Puedo leer vuestros ojos, cambiar de forma y vivir cientos de vidas
Sabatini no ensarta;  Sabatini adorna, conversa, y a veces, sólo a veces, araña
La carne humana me empalaga


Seguid haciendo preguntas, es vuestro sino
Soy el libro que jamás terminaréis de leer
El sueño que no supisteis soñar
El extraño en el umbral, tan cerca y tan lejos
El demonio que os susurró la increíble verdad
Sólo el señor Lindem, vuestro gran misterio







lunes, 19 de mayo de 2014

TERRIBLE ESTROPICIO A MEDIANOCHE










Trescientos años pasó Pilón en el torreón del tiempo
Clavando las horas en la campana con su gran martillo
Fiel a su profesión hasta que blanquearon sus cabellos
Para entonces, ley de vida, el tañedor ya tenía sustituto, uno mucho más joven
Allá arriba dejó sus mejores años, colgados junto al badajo
Desde entonces se hizo común verlo vagar sin rumbo, martillo al hombro



Una tarde tropezó con Las doce tazas, noble familia de porcelana
La tristeza de Pilón era ya popular en Mundo Bujía y no la dejaron pasar
"Amigo Pilón, levanta ese ánimo", dijo una de ellas con su voz esmaltada
"Sí, ven con nosotras", siguieron las otras once, "hay Jengibre para cenar"
"Vamos, no lo pienses más", exclamaron todas, " antes de que anochezca"
Y allá que les siguió Pilón, hasta una gran tetera con puerta y ventanas



Comieron jengibre, pastel de cannabis, hablaron de alegrías y hasta recitaron en calé
No había cabida para la tristeza entre los muros curvilíneos de aquella tetera
Sonriente, Pilón observó a sus amigas, mientras éstas departían y bromeaban, olvidándose del tiempo
Pero se acercaba la medianoche, inexorable, y su mano, fatalmente entrenada, cayó sobre el martillo
Trescientos años había pasado en el torreón del tiempo, tañendo las horas
Trescientos años tocando la medianoche; martillo en mano, dejó de sonreír: doce tazas, doce campanadas, un terrible estropicio




Rafael Lindem




viernes, 2 de mayo de 2014

EN EL UMBRAL


"Indoor desert", fotografía de Álvaro Sánchez Montañés



Aquí, en el umbral, vivimos entre grandes rocas
Aquí, en el umbral, silba un aire frío que nos estremece
Aquí, en el umbral, estamos rodeados de sombras
Entráis, salís, siempre de paso, como nubes de tormenta
A veces oímos tronar vuestras voces, una tempestad de palabras
A veces os oímos llorar, y sufrimos el granizar de vuestra alma
A veces, os vemos arder en la cama, con la conciencia hecha trizas
Aquí, en el umbral, se os conoce bien, hemos sentido vuestra huella
Podéis abrir o cerrar la puerta, cubrir la ventana de cortinas, eso no cambiará nada
Seguiremos aquí, vosotros ahí; tronaréis, lloraréis y arderéis entre sábanas
Siempre de paso, como nubes de tormenta.




Rafael Lindem