viernes, 22 de agosto de 2014

NIÑOS DE MIMBRE


 
 
 
 
 
A menudo, escribir va más allá de juntar unas pocas letras; a menudo, escribir es mucho más que tomar el conjunto, darle empaque y deleitarnos con el efecto que causa en los demás; a menudo, escribir es mucho más que un camino hacia esa victoria tan poco convincente que señalaba Miguel de Unamuno y que hace enloquecer a ciertas personas; a menudo, escribir puede ser nuestro único camino; una cama caliente en pleno invierno. En un mundo dominado por una falsa socialización, que nos hace contar los contactos por cientos, pero nos empuja a vivir en la más completa soledad, escribir marca la diferencia. Y lo hace porque nos permite entablar dialogo con nosotros mismos, con nuestra propia persona, esa gran olvidada, a la que nunca llamamos para preguntar cómo está. Escribiendo rompemos este muro y recuperamos la plenitud del individuo que toma conciencia de sí mismo. Es entonces cuando comprendemos realmente el poder sanador que esconden las letras.
     Se convierte, al mismo tiempo, en algo muy hermoso de contemplar: leer la voz interior de una persona, sin maquillaje alguno, hablándole al mundo y a sí misma, es todo un regalo. Si la persona es menor de edad, y proviene de un lugar lacrado por la guerra, el hambre o la injusticia social, los matices que adquirirán las letras, el contraste entre niño y drama, llevarán nuestra conciencia a un nivel superior. Niños de Mimbre es un espacio que se moverá dentro de esta filosofía. En él, iremos viendo textos escritos por menores de edad en peligro de exclusión social, problemáticos, o supervivientes de situaciones que escapan a la comprensión de nuestra acomodada mente burguesa. También dará cobijo a un buen número de proyectos literarios orientados a la beneficencia, pero, por encima de todo, nos permitirá aprender de la voz interior de estos pequeños grandes héroes, y de su madurez impuesta.  Quiero agradecer desde aquí la inestimable colaboración de Mwema Children y la asociación Matumaini, y en especial la de Cristina García, sin cuya ayuda nada de esto habría sido posible.
 
 
 
Rafael Lindem
 
 
 
  
 
 


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