jueves, 3 de abril de 2014

PASEANDO POR PARNOPIO (Viajeros del picoteórico, capítulo xx: La bota del piésfrios)



 
 
 
 
 
 
 
Inicié la ruta de la izquierda, tal y como me había señalado el señor de la bicicleta. Ésta discurría a orillas de una extensa llanura donde no se veía un solo árbol y el pasto brillaba limpio bajo la luz del sol, mientras que por el otro lado podía contemplarse el valle, convertido en un precipicio plagado de estrechas gargantas y una vegetación espesa y dominante. Pero llegando a la colina que se alzaba un poco más adelante, el paisaje mostraba una peculiaridad que había permanecido oculta a mis ojos hasta entonces. A simple vista todo parecía igual: el camino continuaba alargándose por espacio de cuatro o cinco kilómetros, flanqueado por el profundo valle y la llanura, hasta desaparecer en un conjunto de tejados que en la distancia formaban una pequeña mancha de color rojizo, sin embargo, al penetrar con la mirada en la verde planicie que se abría a la derecha, se apreciaba un grupo de enormes rocas que merecieron mi más sonora exclamación. En un principio creí que estaba ante una de esas impresionantes creaciones que dan a veces el azar y los elementos, pero la verdad era bien distinta. Incrédulo, revisé varias veces aquellas formas ahusadas de base ancha y circular, entre las que fácilmente se apreciaban los contornos de una torre, la pechera de un caballo y el casco de un soldado. ¿Y no era aquello otro la corona de un rey? ¿Y lo de más allá el solideo de un obispo? Sí, no cabía la menor duda, eran figuras de ajedrez, altas como las atalayas de un fortín, pero figuras de ajedrez al fin y al cabo. Sobre su utilidad, y el modo en que una llanura había sido reconvertida en un gigantesco juego de mesa, sólo encontré interrogantes y más interrogantes, compensados por el hermoso efecto que producía su visión a quien recorriese aquel solitario sendero. Fue tanto el embelesamiento que me produjeron los peones, preparados para atacar, las imponentes torres, o la corona de la reina negra, de cuyas puntas echó a volar una bandada de pájaros a mi paso, que no caí en la cercanía del pueblo hasta que, sin saberlo, me hallaba ya pisando la sombra de su campanario.
 
 
 
 
 
 

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