sábado, 1 de marzo de 2014

MONSTRUM II: Hambre de éxito, sed de principios

  
La ambición adquiere extrañas formas  
  
 
 
 
 
 
     —Alegra esa cara, debes estar orgulloso de haber publicado, tal y como deseabas.
    
     A.S se hallaba de pie, de espaldas al río, las manos enganchadas a su generosa cintura; el rostro, redondo como una calabaza, congelado en una teatral expresión que traía a mi memoria la estúpida efigie del Sheriff J.W. Pepper en aquellas viejas entregas de la saga Bond. Sólo le faltaba mascar tabaco y lanzar alguna maldición de ese Far West palomitero que tanto le inspiraba.
    
     —¡Nah! —respondió desganado.
     —¿Nah? Yo en tu lugar estaría feliz.
     —Miguel Barceló me ha mandado un mail, diciendo que tuvo que luchar con el jurado para que incluyesen mi obra.
     —Estupendo, eso significa que tienes un aliado entre el jurado.
     —Sí, ¿pero qué pasa con el resto? Los señoritos de la ciencia ficción no están preparados para mi literatura. Es demasiado potente para ellos, ¿lo entiendes? Llevan tanto tiempo leyendo las tonterías de Asimov que han olvidado el placer de un buen pulp. Y además, son catalanes, y esa gente sólo barre para casa. Veremos qué pasa con toda esa gentuza.
     —Bueno, al menos ya tienes un relato publicado —insistí, tratando de calmar los ánimos del monstruo.
    
     Pero sus ojos centellearon. Me traspasaron. Creo que echó de menos tener un colt con el que dejarme tieso en aquel mismo instante.
    
     —No es un relato, es una novela corta.
    
     Siempre he sido duro de entendederas y el hecho de que su texto formase parte de una selección de relatos no ayudaba demasiado; no fue la última vez que me corrigió al respecto.  El monstruo había conseguido su primera pieza, había probado la miel, y quería más.
     Unas semanas después recibí una llamada suya. Estaba exultante. Me habló de realizar una visita al Congreso Nacional de Fantasía y Ciencia Ficción (Hispacom), que ese año tenía lugar en Cádiz. En la conversación dejó deslizar las palabras: "Acudirá Barceló, y será mi gran oportunidad para darle las gracias personalmente por haberme seleccionado". Me pareció una excelente idea, alejada de sus argumentos incendiarios y derrotistas de días anteriores. Por otro lado, también sentía deseos de visitar el recinto y conocer de qué iba todo aquello de la Hispacom. ¿Cómics, libros, películas, editores...? Pintaba bien. Al viaje se apuntaron otras personas: un grupo de antiguos alumnos a los que el monstruo impartió clases de dibujo en el pasado, y que dirigían (aún lo hacen) una colección de fanzines que mi buen amigo solía despreciar —si bien es cierto que sabía ver el mérito que conlleva autopublicarse en papel con cierto éxito—, y una persona con bastante bagaje en este mundillo cuyo nombre omitiré, pero que suponía para el monstruo la llave que le permitiría entrar en la Hispacom con garantías de ser tenido en cuenta. A éste último lo tachaba de soberbio y gilipollas, compensándolo con un: "...pero está cambiando. Ahora parece otro. Además, nos presentará a todo el cotarro".
     Los días pasaron, y antes de que me diese cuenta estaba dentro de un coche, cruzando el puente de Carranza. El "espectáculo" estaba a punto de comenzar. La obertura prometía algo muy distinto a lo que vendría después: vimos las novedades de cada stand, charlamos sobre mil cosas, pudimos ver algunos originales de Corominas y otras personalidades de la historieta española, y gracias a nuestro miembro de honor, conocido de la mayoría de artistas invitados, pudimos palpar cierto acercamiento a la crème del lugar. Pero en breve, todo tomaría un cariz totalmente diferente. Barceló entró en escena, y la fuerza de la gravedad hizo el resto. Creo que ninguna otra ley de la física podría describir mejor el tempo de los acontecimientos que estaba a punto de presenciar, porque mi amigo tardó en transformarse lo que tarda una mierda en estamparse contra el suelo, ni un segundo más. Su frente se empapó de sudor, sus orondas mejillas se sonrojaron, y empezó a jadear. "Debe estar deseoso de estrechar su mano y darle las gracias por todo", pensé. Al principio puse de mi parte para que el feliz encuentro se produjese lo antes posible, y le acompañé a los rincones desde donde observaba a su salvador, aguardando su turno tras una horda de aficionados y participantes del prestigioso UPC. Pero la visión del rutilante editor, enfrascado en pueriles conversaciones con los aficionados a la ciencia ficción, o los pasos que el buen hombre estaba obligado a seguir como cada vez que era invitado a un jolgorio por el estilo, y que incluían comida y copa a puerta cerrada, terminaron minando la paciencia del monstruo. Poco a poco, dejó de ser el sonriente concursante que sólo pretendía dar las gracias, y se convirtió en el ser más pesado que ha hollado la faz de la tierra. Con mucho esfuerzo, casi como una señora rabiosa en plenas rebajas post-navideñas, consiguió acercarse finalmente a su objetivo, estrecharle la mano y cruzar varias palabras, en las que el distinguido editor aprovechó para venderle el libro de un amigo suyo (libro con el que debió golpearse la cabeza repetidas veces aquella misma noche, preso de la rabia). Mi amigo quería más, quería la promesa de que aquello era sólo el principio, que tras su participación en aquel volumen de relatos las puertas del mundo editorial permanecerían abiertas para él. Evidentemente se comió un mojón.  El mismo que hemos masticado todos en alguna ocasión, nada nuevo, aunque a él se le atragantó. Pero hablemos de la mencionada transformación: durante las cuatro o cinco horas restantes que estuvimos en aquel recinto, asistí a uno de los espectáculos más bochornosos que he visto en mi vida. Y es que ver a un adulto, un hombre que te sobrepasa en diez años y al que has tenido en cierta estima, corriendo tras las huellas de un editor, como un carlino en celo, duele. Duele, y mucho. Fue su sombra en cada stand, su palmero en cada ocurrencia. Cuando le hablabas, sus ojos vagaban ansiosos por encima de tu hombro, sobre la multitud, buscando la barbuda efigie de su amo y señor, y si éste volvía a ponerse en movimiento, allá saltaba él, dejándote con la palabra en la boca. Lo siguió a las escaleras, anduvo tras él por los pasillos, le aguardó a la salida de los servicios, siempre con su libretilla costrosa en la mano y una sonrisa de oreja a oreja, buscando la aprobación del, ya sofocado, editor. Finalmente, llegada la hora del almuerzo, Barceló se recluyó en el salón donde celebraban la comida. Las puertas se cerraron ante mi amigo.
         
         —¡Eh, vamos a tomar algo! —le dije.
         
—Saldrán en un momento —me respondió quejumbroso.
          —De un momento nada, tras la comida vendrá la copa, y luego el cigarro.
          —Id vosotros, ya os alcanzo luego —Y se quedó allí, como un elefante enfermo que esperase la muerte. Al menos hasta que entre todos conseguimos sacarlo a la luz del día y sentarlo a regañadientes entre las mesas de una terraza.
    
        Comimos bien, pero los ojos del monstruo estaban rotos. Su mente había alcanzado un punto de no retorno; seguía en las puertas del recinto donde comían los editores del congreso, aporreándolas, gritando: ¡Eh, estoy aquí, quiero ser uno de vosotros!
         Días después volvimos a citarnos a orillas del río, como hacíamos cada cierto tiempo. Comprobé que su mirada, su expresión de derrota, continuaba inalterable.
    
         —¿Qué te sucede?
         —¿Recuerdas que hablé con Barceló?
         —Sí.
        —Dijo que tuve un golpe de suerte. Dijo que mi obra fue incluida tras pelear mucho por ella, pero que no volverá a suceder.
        —Pero es sólo un editor. ¿No esperarás publicar siempre con el mismo, verdad?
         —He tenido suerte, nada más —repitió agachando la cabeza, sumido en un bucle pesimista que parecía haberlo atrapado para siempre.
    
         En aquel instante sentí una tristeza enorme por él. No obstante, viéndolo allí postrado, con el orgullo mancillado y sumido en una profunda confusión, saqué también una valiosa reflexión que me ha venido acompañando desde entonces; la primera gran lección del monstruo, podría decir. ¿Es a esto a lo que puede conducir una ambición mal entendida? ¿A inmolar nuestro amor propio en una vorágine de desesperación? ¿A pisotear nuestro "Yo", tan sólo por conseguir que nuestra letra termine impresa en una barata edición de papel reciclado? ¿A perder todo lo que de valioso tiene nuestra persona sólo por  alcanzar la gloria de la pulpa? Qué línea más delgada separa al emprendedor del ambicioso, y a éste último de una alimaña rastrera sin orgullo ni moral, capaz de cualquier cosa por aliviar su picor. Una alimaña a la que querrás consolar mientras franquea el infierno que su propia naturaleza le ha impuesto, pero en la que no podrás volver a confiar nunca más.
 
 
 
 
 
 (Continuará...)
 
 

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