viernes, 28 de marzo de 2014

LAS CABEZAS DE SAMOVAR (avance del volumen de relatos, "Vernacci")




Estanque con nenúfares, de Claude Monet




"...lo que conservamos es el recuerdo de un presente cíclico, condenado a morir y reiniciarse hasta el infinito, y esto, esto es de una importancia vital para otras vías de investigación. Piénsenlo; el viaje en el tiempo es una utopía, pero no así la incursión dentro de ese espectro teórico lleno de momentos que creemos haber vivido en el pasado y que pertenecen en verdad a un presente distinto. Imaginen por un momento que gracias a un pico bioeléctrico de energía (sí, el carbón que mueve la maquinaria de nuestros sueños o de nuestra imaginación), pudiese localizar cualquier instante que recuerden y enclavarlo dentro de sus presentes. Imaginen vivirlo eternamente, sin albergar sensación alguna de eternidad. Viviéndolo siempre como si fuese la primera vez"


Doctor Elwind Vernacci De Bruyn (Viajeros del Picoteórico)




 

Samovar es un lugar húmedo. Muy posiblemente, demasiado húmedo. El agua puede percibirse en el aire, en el cielo plagado de nubes negras y, sobre todo, en el suelo. Nada más llegar los pies de Vernacci se hundieron en el frío elemento; así, sin más. Por unos minutos, el buen profesor permaneció quieto, clavado como una estaca al viento, con las mejillas rojas de pura rabia, lamentando la suerte de sus zapatos Alden, y la de sus pantalones de algodón, sumergidos hasta la rodilla; experimentando lo que cualquier otro caballero en su situación: un deseo acuciante de gritar, maldecir, chapotear, de encontrar algún lugareño al que tirar de la solapa y reprochar su pertenencia a semejante charco. Luego, poco a poco, fue recuperando la compostura y pudo permitirse un examen más reposado del entorno al que había ido a parar.
     El agua se extendía ininterrumpidamente en todas las direcciones, libre de bosques y formaciones rocosas, como un fantástico espejo de color parduzco, en el que quedaba reflejado el constante ir y venir de las nubes, dicho sea de paso, a una velocidad extrañamente superior a la acostumbrada. Puntualmente, asomaban grupos de  algún tipo de espadaña con el tallo muy largo, combado por el peso de mazorcas que recordaban en forma y dimensiones a los faroles que pueden verse colgando en las estaciones de ferrocarril. También había peces surcando la superficie, demasiado pequeños y esquivos para precisar su forma, y densas nubes de mosquitos blancos girando sobre las aguas. Estos últimos eran muy voraces y no tardaron en revolotear alrededor del profesor. Aquello fue la gota que colmó el vaso; sofocado, Vernacci se quitó la chaqueta, la colocó cuidadosamente sobre el lomo del viejo maletín de medicina que llevaba en la mano, y se puso en marcha. No sabía hacia dónde se dirigía, pero cualquier cosa era mejor que permanecer quieto bajo aquel enjambre de criaturas sanguinarias. Caminó sin parar, deseoso de dejar el agua atrás, sin embargo, la inmutabilidad del paisaje terminó haciendo mella en su ánimo; ¿qué sentido tenía dirigirse hacia ninguna parte? Se detuvo, sacó un pañuelo del bolsillo y secó el sudor de su frente. Miró a un lado y a otro, sin ver nada que le indicase cambio alguno, sólo agua y más agua. Luego, los mosquitos le obligaron nuevamente a reemprender la marcha. Optó por silbar. Su colega y buen amigo de la universidad Friedrich-Wilhelm de Berlín, el profesor Baumeister, le había hablado en más de una ocasión de los efectos beneficiosos que tuvo para él refugiarse en las alegres notas de un wiegenlieder de su aldea natal, mientras investigaba la influencia devastadora de la gripe española en un grupo de ancianos bávaros. Silbar mantuvo su ánimo intacto durante el proceso, y sólo así consiguió completar la investigación sin ver su ánimo excesivamente comprometido. Vernacci, optó por la alegre obertura del Don Pascale de Donizetti, ópera que su querida esposa tenía por favorita, y, en efecto, nada más entonar los primeros compases de la obra, se sintió revivir. Debía caminar, dejar atrás aquellos humerales y encontrar una salida que le permitiese continuar con su viaje. Sabía lo peligroso que podía ser permanecer demasiado tiempo en el mismo lugar. Él, el Guardián, no tardaría en olfatear su rastro, y esta vez no le dejaría escapar. Apresuró la marcha.
     Pasada una hora, Vernacci observó algunos cambios en su entorno que consiguieron alarmarle. Pese a no haber encontrado ninguna fuente de luz en el cielo, éste parecía ir oscureciéndose. Era obvio que el ocaso empezaba a manifestarse, y la idea de andar chapoteando en plena noche sin un lugar seco donde echarse a descansar le pareció el colmo de la mala suerte. Esto contribuyó a que su ánimo se agriase todavía más. Pronto, el Don Pascale de Donizetti se le antojó un paliativo insuficiente. Quebró la melodía en sus labios con desdén y se dedicó a farfullar  toda clase de maldiciones. Aún solía hacer estas cosas a media voz, como si temiese la reprimenda de su difunta esposa; ella odiaba sus accesos de cólera, los veía vulgares e impropios de un caballero. De algún modo, seguir comportándose afín a las que habrían sido sus reacciones en vida le ayudaba a sentirla más cerca. «Elwind», podía oír su voz, autoritaria pero dulce, llamándole, reclamando su atención, «maldecir no te dará la solución a ningún problema, y te hace parecer viejo y feo».  «Más de lo que ya eres», añadía finalmente con una carcajada. «Viejo y feo... », se repetía sonriente el doctor, abstraído en el cálido recuerdo de su amada.
     De repente se detuvo; sus ojos se abrieron sorprendidos. «¿Lo ves? La solución», habría dicho ella, al vislumbrar a lo lejos, flotando en la oscuridad, un conjunto de luces abigarradas, que sólo podían ser las ventanas de un caserón habitado. «Parece que no tendré que dormir sentado en una charca, después de todo», se dijo satisfecho, y reemprendió la marcha con las notas de Donizetti sonando nuevamente en sus labios.
 
(Continúa)
 
    

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