domingo, 23 de febrero de 2014

EN TIERRA TRANQUILA (Avance - Novela)

 
 
 
 
 
Capítulo II: El chico del tejado nuevo.
 
Conozco a Michael desde los nueve años. Apareció en mi vida cuando su padre, el señor Anderson, compró una vieja vaquería muy cercana a nuestra granja y la reformó, convirtiéndola en una hermosa y apacible casa residencial que provocó toda clase de comentarios en el pueblo, algunos, entre la sorpresa y la admiración, sobre el exquisito lavado de cara que le había dado a un lugar, hasta hacía poco, propiedad del barro y las malas hiervas; otros, sobre lo absurdo de hacerse con una explotación ganadera sin la intención aparente de sacarle provecho. Algún tiempo después se harían bien conocidas las exitosas labores del señor Anderson como corredor de bolsa y columnista de la sección de economía del New York Times, por lo que las buenas gentes de Corncob Hill vieron ya innecesario continuar debatiendo si las finanzas de su nuevo vecino iban o no por el buen camino. De todos modos, todo aquello me pasó desapercibido, yo sólo era un crio, y para mí, la noticia, la gran noticia, era la presencia de un nuevo chico en clase; todo un acontecimiento en una escuela que no pasaba de los cuarenta alumnos. Recuerdo cuando nos fue presentado por la señorita Collins, un Lunes a primera hora de la mañana: «Michael acaba de llegar a Corncop Hill con su padre», dijo tras reclamar nuestra atención y posicionarse en el centro del aula, «y estoy segura de que pasará mucho tiempo aquí con nosotros. También estoy convencida de que será un excelente amigo y compañero, ¿verdad, Michael?». Vi la cabeza rubia de Michael, unas pocas mesas delante de mí, asintiendo en silencio. Luego todos le dimos la bienvenida en voz alta, sin disimular la enorme curiosidad que nos despertaba la presencia de aquel desconocido. Nuestro viejo colegio era pequeño, muy pequeño, con sólo dos aulas y una minúscula sala de actos apenas mayor que el salón de mi casa; cuando llegaba la pausa para almorzar, nos dejaban salir a un espacioso parque que había cerca, con bancos de madera y columpios. Michael solía ocupar un oxidado columpio que nadie más usaba por miedo a mancharse, balanceándose todo el rato con aire ausente mientras comía su bocadillo. De vez en cuando algunos compañeros se le acercaban, y trataban de entablar conversación o de convencerle para que jugase con ellos, pero Michael no parecía dispuesto a compartir su tiempo con nadie. Amaba los columpios sucios y la soledad que estos le proporcionaban, los amaba tanto o más que yo, aunque con la circunstancia atenuante de que él se hallaba en un lugar extraño, rodeado de gente a la que acababa de conocer. Posteriormente supe que su madre había muerto poco antes de que el señor Anderson decidiera asentarse en nuestro pueblo. Esto explicaba la tristeza que anidaba en el fondo de sus grandes ojos grises. Sí, a cualquier otro le habrían parecido los ojos de un niño inteligente, muy maduro para su edad; un niño exigente, frío, capaz de mantener la mirada sin pestañear, pero yo había perdido a mi propia madre sólo dos años antes y podía ir más allá, reconocer el dolor. Creo que él también supo reconocerlo en mí, a juzgar por la expresión amistosa de su mirada cada vez que nuestros ojos tropezaban accidentalmente. Aun así no cruzamos palabra alguna hasta la primavera del año siguiente cuando, inesperadamente, dio unos pocos pasos hacia el banco donde me encontraba almorzando y dijo:
     —Ayer te vi en el campo de maíz. Ibas montado con tu padre en uno de esos camiones grandes. En una... ¿cómo se llaman?
     Le miré extrañado.
     —Se llaman cosechadoras. Mi padre ha prometido enseñarme a conducirlas cuando sea un poco más mayor.
     Me sonrió, y la tristeza desapareció de su rostro. También sentí que algo bueno empezaba a moverse en mi interior.
     —¿Sabes?, puedo ver tu granja desde mi ventana —se apresuró a aclararme—. Mi padre y yo vivimos muy cerca.
     —¿En serio? ¿Vives en la casa del tejado nuevo?
     "El chico del tejado nuevo", recuerdo que era así como empecé a referirme a él en casa. Mi padre parecía contento de que hubiese hecho por fin un amigo, aunque perteneciera a una familia forastera, sin la menor idea de sembrar el campo u ordeñar vacas. Mi carácter solitario le sacaba de quicio; decía a menudo que me parecía demasiado a mi madre cuando esta era joven: el tipo de persona que es incapaz de dar los buenos días sólo por temor a hacer el ridículo, el tipo de persona que pasa desapercibida y no llega nunca a nada. Lo cierto es que aprendí a dar los buenos días a Michael cada mañana en la escuela, a entablar conversación con él durante el almuerzo e incluso a compartir las largas tardes en la granja Backus, cuando venía a visitarme. Aprendí a no pasar desapercibido, y esto me hizo sentir como un triunfador a ojos de mi padre e incluso ante mí mismo. Durante sus visitas le hablaba largamente sobre los cuidados de la granja y la siega del maíz, tratando de impresionarle con todo lo que había aprendido de mi padre. Supongo que era así como pretendí caerle bien en un primer instante: los newyorkinos tienen bagels y teatros, nosotros cosechadoras.
     A veces, por las tardes, dejábamos la granja y nos adentrábamos tímidamente en el bosque. Para él era como viajar a otro mundo; sus ojos iban de aquí para allá, llenos de curiosidad, pero también con evidente aprensión. Cuando dejábamos atrás el vallado de la granja, me veía obligado a repetirle varias veces que los osos negros jamás se habían acercado a aquella zona, no desde la gran batida que el alcalde Sheffield organizara dos años antes durante la temporada de caza, en septiembre, y en la que me incluí —muy artificiosamente, tengo que admitir— como testigo de excepción.
     —Los osos prefieren quedarse al otro lado del río desde entonces. Es raro que se acerquen. Nos temen.
     —Mi padre dice que un oso puede comerse a una persona entera —solía recordarme—, me parece extraño que os tengan miedo.
     —Tenemos armas, muchas armas —respondía como si me hubiese pasado la vida rodeado de ellas. Un día, en el que me sentía especialmente audaz, le pregunté—: ¿Tenéis armas en la ciudad?
     —Oh, sí, muchas. Casi todo el mundo tiene alguna.
     —Pero no tenéis osos.
     —Eso es cierto —dijo—, pero hay gente peligrosa.
     —¿Qué gente?

   —Negros, latinos... Gente de ese tipo. Hemos sido atracados en varias ocasiones, ¿sabes?
     —Vaya, supongo que eso explica lo de las armas, aunque no haya osos.
     Recuerdo que Michael me observó sorprendido. Mi relación con las armas era meramente anecdótica; aunque no lo reconocí ante mi amigo, apenas había visto a mi padre disparar un par de veces, y en ambas ocasiones había fallado, ¡en ambas ocasiones había sido a un oso! Nunca había pensado en un arma como una herramienta para defenderme de mis vecinos. Mi amigo pareció leerlo en mis ojos.
     —La señorita Collins nos contó cómo los primeros colonos tuvieron que defenderse de los indios, y los indios tampoco son osos.
     Aunque ya sabía que los indios no son osos, la idea de un arma escondida bajo cada almohada de Nueva York me siguió pareciendo algo desmesurado. Pero era Michael, mi invitado, mi único amigo, y no deseaba perder el tiempo explicando las diferencias entre osos y personas; tampoco quería parecer idiota haciéndolo, y menos ante él. En su lugar decidí revelarle la existencia de un viejo fuerte francés de los tiempos de Luis XIII. Es un sitio olvidado, que aún hoy podéis encontrar si sabéis dónde buscar, más allá de la vaguada, al otro lado de las colinas nadowa. Allí se libró una gran lucha con los indios, y en los restos de su empalizada, inclinada hasta casi tocar el suelo, y devorada por los helechos, pueden verse todavía las huellas de los tomahawks y la pólvora de los mosquetes. Los pocos maderos que permanecen en pie apenas son visibles entre la densa población de abetos que creció después. El lugar, como esperaba, despertó el interés de mi amigo, que pareció olvidarse de los osos negros y se dedicó a correr despreocupadamente de un lado a otro, buscando entre las ruinas con gran excitación. Fue la primera vez que lo vi comportarse como un niño, aunque fuese sobre los restos de un acto sangriento y terrible como aquel. Era fácil suponer que su momentánea condición de forastero lo llevara a buscar las mismas cosas que habría buscado cualquier turista de ciudad, sin embargo, los intereses de Michael estaban por encima de cualquier suvenir que hubiese podido encontrar. Los botones de metal y el pedernal de las flechas no podían competir con la visión de toda aquella destrucción.
     —¡Guau! ¡Debió ser una gran batalla!
     Mientras me decía esto gateó por uno de los troncos de la empalizada que aún permanecían en pie. Se dedicó a mirar a su alrededor, tal vez dibujando con su imaginación la feroz carga india contra la fortaleza, y la épica batalla que siguió después.
     El cielo empezaba a oscurecer, habíamos empleado algo más de una hora para llegar hasta la fortaleza, y si no regresábamos pronto a la granja, la noche nos caería encima. 
     —Deberíamos volver a casa —propuse algo incómodo, temiendo estar dando la imagen de un aguafiestas—, no hemos traído linterna y es muy peligroso ir andando por ahí sin una a ciertas horas.
     —Aquellos indios debieron atacar de noche, en plena oscuridad.
     —No somos indios.
     —Tampoco osos.
     Me sonrió traviesamente. Era raro verle sonreír, pero cuando sucedía tenía una de esas sonrisas hermosas y afiladas que confieren al rostro de un niño el aspecto de un elfo juguetón; cada vez que creía salirse con la suya era como ver a Peter Pan con una gorra de los yanquis de Nueva York, retándote a que agarrases su sombra. Después pareció ver algo en las ruinas y se deslizó por el tronco hasta el suelo. Le seguí corriendo hacia el lugar que había llamado su atención.
     —¿Qué es eso? —pregunté.
     Un objeto asomaba en el suelo. Lo agarró con fuerza y tiró de él.
    —¿Qué es? —volví a preguntar mientras mi amigo sostenía en el aire aquel objeto envuelto en tierra.
     Pero Michael no dijo nada; se limitó a sonreír nuevamente como sólo él sabía hacer.
 
 
 
 
 
 
 

 

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