martes, 5 de noviembre de 2013

UN MUNDO DE SOMBRAS (Adelfos, Capítulo III, Libro III: Una mujer)





 


—Tú debes de ser la pequeña Alejandra; tienes la misma mirada de tu madre. Bien, yo soy Fidón, y a partir de hoy seré tu nuevo tutor. Cuando dejes de llorar límpiate el rostro y recoge tus cosas. Ya no vives aquí.
     Estas fueron las primeras palabras que escuché de los labios de mi tío, y jamás he conseguido borrarlas totalmente de la memoria. Tampoco aquella espantosa mañana de fría lluvia, en la que todos los temores de una noche de guardia se hicieron realidad.  Quizá era demasiado niña todavía para comprender los mecanismos de la muerte, quizá no estaba preparada para hilvanar un «hasta mañana» con un «hasta nunca». Da lo mismo, en realidad nunca se está del todo preparado. Por fortuna, el maestro estuvo siempre conmigo, desde que mi madre dio las primeras señales de agotamiento hasta el fatídico amanecer en el que sus ojos aparecieron fríos y abiertos, como el sol invernal que nos trajo el nuevo día. Fueron entonces sus brazos los que me dieron algo de calor y consuelo, y eso tampoco podré olvidarlo jamás. Creyó conveniente no mover el cuerpo de mi madre hasta que llegase mi tío, al que había mandado llamar días antes del lamentable desenlace. Éste, un hombre al que jamás había visto antes, se haría cargo de todo. Y, en efecto, así sucedió; nada más llegar cavó una fosa junto al huerto, donde fue depositada la que había sido mi única familia; dispuso de las escasas pertenencias que mi madre consiguió reunir a lo largo de una vida, que él mismo calificaba de forma despreciativa como insólita, y solventó los últimos detalles de la transición con mi querido maestro, a quien dejó en posesión de la vieja choza como pago por sus muchos años de dedicación y compañía. Todo sucedió muy rápido, a una velocidad insultante. Antes de que me diese cuenta estaba subida en el carro de mi tío, acompañada del cordero y las gallinas de mi madre; toda su fortuna, salvo por las coles que quedaron abandonadas en el huerto.
     El buey mugió bajo el restallado de una vara y las ruedas del carro se pusieron en movimiento. La última imagen que conservo de mi antiguo hogar es la del umbral de la choza, ocupado por la figura corpulenta del maestro, que miraba cómo nos alejábamos por el camino. Levantó la mano en señal de despedida. Yo hice lo mismo. Fue la primera vez que vi llorar a un hombre.
     Pronto despareció de mi vista. El carro bordeó la empalizada de árboles que rodeaba la casa y descendió por una abrupta ensenada que nos colocó a la altura del sembrado donde tantas veces había visto trabajar a los hombres. Y allí estaban ellos nuevamente, como cada día, aunque sus formas me pareciesen ahora bien distintas. Las sombras desaparecieron; eran hombres, como el maestro, como mi tío, igual de reales, cada uno con un rostro y una forma propia de mirar. Ahora que podía olerlos de cerca me invadió una profunda congoja. En aquellos primeros instantes pensé en saltar al camino y echar a correr hacia la vieja choza con mi querido maestro, pero fui incapaz. El miedo me mantuvo todo el tiempo clavada al suelo del carro, consciente de que continuaría su viaje más allá del sembrado, hacia el corazón de un mundo dominado por aquellas criaturas de aspecto inquietante. Ya nada volvería a ser lo mismo.
     Fue un viaje largo, lo suficiente como para comprobar cuán minúscula era en comparación con el mundo; apenas una gota de agua en mitad del mar. La tierra se extendía hasta donde podía ver, cambiando de manera constante al tiempo que nos movíamos, superando sobradamente cuanto había soñado sobre la realidad más allá del sembrado. El color de los campos pasó del cetrino oliváceo de los arbustos al tostado del suelo yermo, para acabar rezumando un verdor que traía a la memoria los primeros aires de la mañana. Para entonces las montañas del sur dominaban el horizonte: el palacio de Pan, Arcadia y sus misterios.
     El frescor del anochecer comenzaba a hacerse notar cuando el carro se detuvo. Habíamos subido bastante desde la última vez que asomé mis ojos al exterior; ahora podía ver el mundo extenderse más abajo,  dibujándose borroso tras las brumas que se reunían al pie de los acantilados. El hogar de mi tío se encontraba al abrigo de un bosquecillo de almendros, a poca distancia de la ciudad de Tegea, aunque no lo suficientemente cerca como para verse afectado por el movimiento y la vida que se generaban tras sus muros. Era, en definitiva, una granja solitaria, más bien grande, pero algo abandonada en su mantenimiento. Las paredes eran de adobe, y estaban pintadas de un color indefinido, que una vez bien pudo ser azul, pero que en aquel momento se asemejaba más a un blanco lechoso. Detrás de los fardos de paja que conformaban el tejado del hogar principal, podían verse las maderas negras y mohosas que componían el esqueleto de un cobertizo en ruinas; los restos carbonizados de algún incendio que habían sido toscamente remendados. Al bajar del carro y pisar aquel suelo duro y empedrado, sentí frío. Me estremecí.
     —¡A ver qué traes en ese carro, viejo patán!
     Una figura enorme emergió de las sombras de la casa y pasó a mi lado arrollándome. Era una mujer de hombros anchos y mandíbula prominente que se lanzó con una avidez casi salvaje a la parte trasera del carro. Se giró sujetando una gallina en cada mano; su sonrisa parecía cincelada en granito.
     —¡No está nada mal! —exclamó satisfecha—. ¡Dejaremos los nabos por un tiempo!
     No llamé su atención hasta que mi tío me presentó.
     —Esta mujercita es la hija de mi hermana. Se llama Alejandra.
     La mujer descansó por un instante de su estado de excitación y se inclinó para examinarme con detenimiento. Cuando hubo comprobado que no era ni gallina, ni cordero, ni conejo, ni cualquier otra cosa que pudiese llevarse a la boca, me sonrió.
     —Interesante —susurró con aire burlón—. Nunca he comido nada que se te parezca.
     Soltó una ruidosa carcajada y volvió a ignorarme. Seguidamente, demostrando un desinterés absoluto hacia mi persona, se dedicó a buscarle alojamiento a los animales en el cobertizo, mientras cantaba una horrible cantinela de la que solo recuerdo su brutal entonación.
     —No hagas caso —dijo mi tío conduciéndome al interior de la granja—. Sólo es una vieja estúpida con más estómago que cabeza.
     “... e incapaz de poner un huevo además”, añadí en mis pensamientos de forma espontánea y sin saber muy bien por qué.
     El interior de la casa estaba en penumbra. La luz del patio interior, cuajado de espinos y malas hierbas, se desvanecía rápidamente, y un aire gélido recorría las estancias a placer, saliendo y entrando por las ventanas. Sentí un estremecimiento: por primera vez fui consciente de lo lejos que me encontraba de la vieja choza donde había vivido con mi madre; de las leguas de tierra que me separaban de ella; con horror, comprendí que de nada me serviría que la llamase a gritos, pues sus oídos ahora sólo eran carne muerta. Quise llorar, pero no pude; un temor más grande que la noche me atenazó, desarmándome y convirtiéndome en un fardo más, fácil de transportar.
     —Estoy seguro de que te adaptarás fácilmente a este lugar —oí decir a mi tío desde algún lugar apartado de la casa.
     Un punto de luz emergió entonces flotando por la puerta que daba al patio; con un pesado arrastrar de pies la sombra portadora de la llama se movió hacia un lado de la habitación. Una pequeña deflagración creó otra fuente de luz: había prendido un candil.
     —De todas formas —continuó, cruzando la estancia hacia el otro extremo—, me encargaré de que así sea.
     La luz temblorosa alumbró los duros contornos de su rostro. Sus ojos estaban fijos en mí, y aprecié cierta severidad en ellos. Comprendí que aquellas palabras eran más una advertencia que un intento por consolarme.
     —Pero no hay de qué preocuparse. —Guardó silencio y escuchó con una sonrisa la horrible voz de aquella mujer cantando en el cobertizo—. La vieja Egeria no te molestará, y nosotros nos llevaremos perfectamente, ¿verdad?
     No respondí, pero eso a Fidón le daba lo mismo.
     —Sí —dijo rumiando la palabra en un suspiro placentero, mientras encendía otro candil que alumbró el centro del habitáculo—. Este lugar te acabará gustando.
     Luego sopló sobre la varita seca que tenia en la mano, apagando la llama.
 

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