jueves, 18 de abril de 2013

MEMORIA FLACA

 
 
 
Alfredo ordenó al cochero que detuviese los caballos y bajó del carruaje. Quería lanzar una última mirada a su pueblo antes de proseguir con el viaje que lo llevaría hasta la lejana ciudad, donde albergaba la esperanza de encontrar un editor para su extenso poemario. Los tejados rojizos, comandados por el campanario de la vieja iglesia, se apilaban a los pies del monte, insignificantes al lado de éste, pero insalvables  a los ojos del observador sensible. Cerca de allí, aunque en un punto más alto de la ladera, estaba su casa, unida al pueblo por un camino tan estrecho como enrevesado.
          Mientras miraba el que había sido su hogar desde niño, no hacía otra cosa que pensar en su anciana madre. La pobre mujer, temerosa de la soledad que seguiría a la marcha de su único hijo, había empeñado toda la noche anterior en intentar disuadirle de su ambicioso viaje. Cosiendo junto a la chimenea, que era como pasaba habitualmente las horas muertas, le enumeró de cabo a rabo y sin perder cuenta todos los peligros y posibles sinsabores que podría encontrarse en la ciudad, a lo que Alfredo, recordando siempre su profundo deseo de ser un autor reconocido, se limitó a restar importancia una y otra vez. Finalmente, comprendiendo cuál era la verdadera preocupación de su madre, se levantó, la cogió de ambas manos y le hizo la solemne promesa de hallarse de regreso antes de que diese las últimas puntadas al mantón de color rojo que había comenzado en otoño. Aquello la tranquilizó, lo que llenó de felicidad al joven artista.
     De un salto, Alfredo se introdujo en el carruaje y prosiguió con el trayecto.
     Lo primero que hizo al llegar a la ciudad fue hospedarse en la fonda más barata que encontró, donde pudo comer y descansar del viaje. A la mañana siguiente se aseó, y con sus poemas reunidos bajo el brazo salió alegremente en busca de alguna editorial que quisiera escucharle. No dio con ninguna, de modo que pagó otra noche al dueño de la fonda y aguardó hasta el día siguiente. Pero la historia se repitió, una vez, y otra, hasta que, pasadas varias semanas, Alfredo se vio sin dinero para continuar pagando su estancia. No queriendo rendirse aún buscó trabajo, consiguiendo uno muy humilde que le dio de comer mientras seguía probando fortuna. De este modo transcurrió un año sin que apenas se diese cuenta.
     Pensaba ya en abandonar todo propósito cuando, al entrar el nuevo año, un inesperado acontecimiento vino a reavivar su maltrecha esperanza. Corrían rumores sobre una reciente revista literaria que buscaba la fuerza de nuevos autores. La respuesta de Alfredo no se hizo esperar y al poco tiempo ya era colaborador asiduo de la publicación. Viendo por fin su sueño realizado quiso volver para compartir la nueva con su madre, pero sucedió que la hermosa hija del editor se había fijado en él desde un primer momento, y que pidió de forma encarecida a su padre conocerle personalmente. Del primer encuentro surgió la chispa y acabaron enamorados perdidamente el uno del otro. Por aquel entonces, Alfredo había reunido dinero más que suficiente para abandonar la fonda y establecerse en una residencia propia; de este modo, pensaba, podría vivir de forma permanente en la ciudad, junto a su amada. Creció tanto la relación que a finales de año hubo boda, y después de la boda un niño, y después del niño una niña, y luego una pareja de gemelos rubios como el trigo. Finalmente, una buena mañana, Alfredo recordó la promesa que hizo a su madre antes de partir, por lo que, sin perder tiempo, emprendió el viaje de regreso en compañía de su esposa y sus cuatro hijos. Pero cuando estaban a punto de concluir el viaje el cochero tuvo que detenerse, y Alfredo descendió del carromato con un nudo en la garganta. El paisaje había cambiado totalmente. Ya no había pueblo, ni camino, ni montaña siquiera; en su lugar, sólo se podía ver un enorme mantón rojo que lo cubría todo.

 

 

 



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